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domingo, 6 de marzo de 2022

Diario de un Dios



Desde un lugar etéreo, a 06 de marzo 2022

 

 Me han pedido explicaciones, razones por las qué ocurren las cosas, y no he sabido contestar, como si tuviese los labios pegados. Me miran a los ojos, con la inocencia que profiere la infancia, sinceridad adormecida por las dudas. Y yo, perplejo, por no saber cómo resolver los dilemas, se me encoje la garganta y me impide pronunciar las palabras adecuadas. Se agolpan las frases interrogativas, repletas de la necesidad de argumentos para justificar la pobreza, la guerra y a la inseparable mediocridad del ser humano.

Son mi creación. Les doté de libertad, de la posibilidad de elegir; les otorgué el poder de la inteligencia —don que limité al resto de los seres vivos, razonar antes de actuar; les puse a su servicio virtudes, que pudiesen moldear su comportamiento; les entregué el bien más preciado, amarse para encontrar un punto de apoyo, ¡y todo para nada! Miran al cielo o buscan las notas aclaratorias culpándose unos a otros. Se dedican a acusar con el dedo a cualquiera, antes que a sí mismos, son pequeñas marionetas que no supieron andar sin los hilos de la ignorancia. Pero siento más tristeza que rabia, atenazado por la incredulidad que se cierne sobre el futuro que se avecina.

Cada día, resuenan sin parar las plegarias en mi conciencia, limando y sesgando la ilusión para prestarles mi ayuda. Estoy horrorizado de verlos comportarse como fieras enfurecidas. Poder y alhajas, retinas encendidas cuando reflejan sus objetivos, riquezas y envidias, son la prueba. ¿No se dan cuenta de que les motivan anzuelos envueltos en delicatessen?, encandilados por cosas materiales, solo objetos. Olvidándose de la realidad. Sé que he fallado en algo, lo veo cada vez que algún edificio salta por los aires, lo veo en cada éxodo, en cada niño que llora al abandonar su hogar por el ruido de los disparos, lo veo en cada asesinato, personas contra personas, sin mirarse al rostro.

 

Mi cabeza está al borde del colapso, no sé cómo resolver los miedos. Ni siquiera dar solución a todo este laberinto de egos en los que se ha convertido mi granja de humanos. Viven juntos, pero entre ellos vagabundea el egoísmo, haciendo acopio de almas errantes, que solo buscan la satisfacción individual, pues pocos son los que levantan la cabeza para observar al prójimo, y los que lo hacen, se acaban rindiendo ante dirigentes que les lavan las opiniones, apoyados por artimañas que se despliegan desde televisiones, radios, internet, … Les terminan por convencer, y olvidan por qué alzaron la voz en forma de protesta, amaestrados como corderitos.

Los he visto defender la libertad y la igualdad, creando democracias que debían ser la cuna de sus destinos, pero acaban sucumbiendo ante dictadores, ocultos bajo las máscaras de ídolos de barro: presidentes, cantantes, deportistas, oradores, youtubers, … que poseen más poder que Dioses del Olimpo, capaces de roer sus cerebros y calmar sus instintos de felicidad, pues les dotan de necesidades vacías.

Por hoy, ¡me rindo!, estoy confuso y aturdido…


JYDC (Sin palabras mudas)

sábado, 5 de marzo de 2022

Lenteja

 


Lenteja

Tan abajo estaba que no supe definir si debía resurgir, agotada de levantar el ánimo para devolverme mi propia autoestima. Vagando por habitaciones a medio calentar, con ese regusto de esperanza que deja haberlas tenido llenas de vida y alegría. Con la piel siempre erizada, temblorosa, desafiando esta nueva forma de vivir.

Sola, después de tantos años, bajo su pequeña dictadura. Llena de torturas emocionales y mentales. Esperando su perdón. Sintiéndome la culpable de cada decisión errónea que, tarde o temprano, acabaría en el ineludible zarandeo. Asida por las muñecas, denigrada por esa fuerza que me impedía hasta llorar.

Así de pequeña era yo entonces, una diminuta lenteja, sin presente y con pocas papeletas para el futuro. Enganchada a teleseries que me transportaban lejos, muy lejos de allí. Aferrada a ese mando que me devolviera un pedacito de poder e ilusiones. Caracterizándome en personajes ficticios que eran mucho más valientes que yo. Cubierta por una manta que me proporcionaba una coraza artificial, pero que me hacía sentirme segura.

Hoy, después de haber germinado, esa pequeña semilla de legumbre ya luce resplandeciente. Ha aprendido a ser como aquellos actores que jamás se rendían, dejando de lado el victimismo, permitiendo crecer su orgullo y enfrentándose a ese tipejo que se creía su amo.

Aquella mujer era otra, hoy solo soy yo, sin nada que esconder y con todo por ofrecer.



JYDC (Sin palabras mudas)


domingo, 13 de febrero de 2022

Allí estaba yo, abatida y con la mirada perdida.

 


Allí estaba yo, abatida y con la mirada perdida.

 

Llevaba varios días intentando darle una vuelta de tuerca a mi relación con lo que estaba pasando. Pero hasta la fecha, seguía atrapada en esa forma de comportarme, indiferente y cruel. Sé que tenía motivos para continuar oculta dentro de mi coraza, protegiéndome del dolor que produce haber pasado por esas humillaciones. Le llaman bullying, o eso he oído en las noticias, donde cuentan historias de gente como yo. Pero claro, esas cosas pasan en otros reinos.

Nadie debería ser punto de mira de burlas, pero era lo que había. Mientras tanto, en mitad del pasillo que lleva a mi clase, se sucedían las fotos y videos, que posteriormente serían la excusa perfecta para chismes y risotadas. Al más estilo Hollywood, se generaban las tomas enriquecidas con empujones y cachetadas, para darle fuerza al argumento. La mayoría hacen como que no te ven o que no es su tema, pero se equivocan, cualquiera puede llegar a esta alfombra roja, en la cual eres ser el mejor, y consagrarte con una estatuilla en color oro, recubierta de rencor.

Los más débiles somos los actores principales, con poco caché y buen tirón en las redes. Ideales para alzarnos con los galardones ganadores. Si eres capaz de devolver alguna de las acometidas, tendrán miles de likes ganadores que correrán como la pólvora. Correr da puntos y esconderse genera intriga, superando la cantidad de whasapp reenviados.

Todo listo para comenzar: 3, 2, 1…luces, ¡acción!


JYDC (Sin palabras mudas)


sábado, 5 de febrero de 2022

Olor a jazmín

 

OLOR A JAZMÍN


    Aquella diminuta pompa de jabón cruzó ante mí. Me quedé quieto, de pie, buscando con la mirada su procedencia. Me pareció fascinante su vuelo. 

    Una pequeña, de pelo rizado y rubia como el sol, las hacía volar a escasos metros. Mojaba suavemente en el  “pompero”, levantaba su barbilla al cielo y soplaba dulcemente. El jabón iba tomando forma con la suave brisa que salía entre sus labios, crecía y crecía hasta el límite. Aquella esfera ascendía y desafiaba su destino, intentado sobrevivir con la fragilidad de su piel tan fina.  

    Las sonrisas y algarabías de entusiasmo daban colorido a la banda sonora del momento. Ella, girando sobre sus tobillos, acompañaba su vuelo con la mirada y las veía difuminarse en el radiante cielo. No pude resistirme y me acerqué. Ella se percató de mi presencia y me recibió con una mirada de complicidad. Me invitó a pedir un deseo y soplar. Acepté y vi alejarse mi sueño transparente.

    No me perdí ni un instante de su recorrido. Tuve, durante su revoloteo, infinidad de sensaciones. Preocupado por si sería capaz de alcanzar gran altura, dudas, de si vencería al viento cuando se elevase, y con los parpados entre abiertos, rezando, por no verla perder el aire que contenía al estallar en plena subida. Pensé que quizás nuestras grandes ilusiones eran como aquellas pompas de jabón, delicadas y bellas, y nosotros ávidos por no verlas desvanecerse. Depositando pequeños granitos de nosotros mismos en su interior con la esperanza de ver cumplidos nuestros sueños.

Hoy, que anoto casi ocho décadas en mi diario, sigo viendo a aquella niña en mis paseos diurnos. La veo corriendo y jugando a pedir deseos, enjaulados en cárceles transparentes de olor a jazmín, y me pregunto si gran parte de lo que he logrado me lo consiguió ella. Si aquel soplo inocente fue concedido, y mi pompa de jabón aún continúa surcando el universo.

 Retrocedo al pasado y me reconozco cogiendo aire en los carrillos, mojando tenuemente en el jabón y dejándole en libertad entre los labios, casi sin abrir, intentando soltarlo con delicadeza, para no fracturar las paredes del improvisado recipiente. Mi pompa de deseos.

Creo que lo logré, allí iban todas mis fantasías y muchas se cumplieron.


JYDC (Sin palabras mudas)







viernes, 4 de febrero de 2022

Hay cosas que nunca se olvidan



Despertó en la cabina de su avioneta, acompañado de un dolor de cabeza morrocotudo. Le costó abrir los parpados por completo, pues la sensación de mareo era más intensa cuando las partículas de luz se aglutinaban sobre su retina. Se incorporó muy poco a poco. —Los años no eran unos grandes aliados para esos menesteres, bastante era con mantenerse erguido—. A duras penas se dejó caer hasta tierra firme. Echó de reojo un vistazo al estado de su compañera de vuelo, que no parecía muy maltrecha para el reto al que se había enfrentado. Se inclinó hacia adelante y rozó con sus labios el suelo, que aún olía a combustible y goma quemada. Suspiró, exhalando un buen puñado de aire y profirió un amasijo de palabras malsonantes, que fueron un alivio.

     ¡Maldita sea!, ¡¿en qué lío me he metido?! — dijo nuestro protagonista, entre refunfuños y gruñidos—. No tengo edad para esto.

     ¡Venga, abuelo!, si lo has hecho genial. Nadie es tan valiente como nosotros. —dijo una vocecita desde el interior—. Tú lo has logrado.

     Sí, ¿estás segura de eso? Me voy a llevar una regañina de tres pares de narices. En cuanto tu madre sepa en el lío que te he metido, tengo las horas contadas.

     ¡Pues claro, abuelo!, eres un héroe — repitió la niña, con los ojos adornados con lágrimas y el rostro lleno de emoción, orgullosa de él—.

     Bueno, cariño. Vamos tirando para casa, que ya va siendo hora.

 

La pequeña cogió de la mano a Tomás, apretándola con dulzura, y comenzaron a caminar. A sus espaldas se podía observar cómo se precipitaba la noche, oscureciendo y bajando la intensidad de luz que llegaba hasta ellos. Era la luz perfecta para remarcar ambas siluetas, como si de una postal de recuerdo inmortalizase el momento.

El semblante del abuelo iba marcado de muchos rasgos, una mezcla de satisfacción y preocupación. Por el contrario, Andrea no paraba de dar saltitos, brincando por encima de cada piedrecita y de cada desnivel que se intuía por el sendero que les llevaba a su granja. En el ambiente aún se podía percibir el aroma plomizo a madera quemada. Una esencia que llegaba a ráfagas, envuelta en una brisa que venía empujada por uno de los costados de la montaña. Esa mole de piedra y árboles los escoltaba como si les ofreciese su agradecimiento.

     ¿Te acuerdas, abuelo? Durante un ratito no veíamos nada de nada, todo se ha quedado oscuro. No sé cómo lo has hecho. ¿Tú puedes ver entre el humo? —Dijo, entre risotadas nerviosas, la pequeñaja.

     ¡Calla, no me lo recuerdes! Si lo pienso me tiemblan las canillas. No sé cómo estamos vivos.

     Claro que sí lo sabes, eres el mejor piloto del universo.

Tomás iba arrastrando los pies, levantaba a su paso todo un reguero de polvo. Se notaba que las fuerzas no le sobraban. Por ese motivo no alcanzaba a elevar más las botas y producía esa cortina de arena que les hacía de séquito. Entre ese baturrillo de sentimientos afloraban las bromas y travesuras de Andrea.

     Menos mal que me hiciste caso, si no, no podríamos haber salvado a todas esas personas y animales. Nunca hubiesen imaginado que un señor mayor y una niña como yo, llegados del cielo, aterrizasen en mitad del bosque para rescatarlos. ¿Te acuerdas de su cara de sorpresa?

     Sí, me acuerdo. Lo que no recuerdo bien es cómo pudimos adentrarnos entre el fuego y salir ilesos. Te he puesto en verdadero peligro y se me eriza el vello del cuerpo al recordarlo.

     Abuelo, tú eres el mejor de los mejores. Siempre cuentas historias sobre tus vuelos y en ellas siempre sales victorioso. —Le respondió Andrea, con una enorme mueca de complicidad en la cara—.

     Cariño, pero ya sabes que los cuentos y aventuras siempre están llenas de pequeñas fantasías para darles un poco de chispa. Y, además, de esas fanfarronadas hace más de cuarenta años.

Ese potrillo desbocado no paraba de azuzarle en el corazón. Así no tuvo opción de detenerse a pensar demasiado en los riesgos de surcar el aire a ciegas. Enfrentado a un insistente viento de cola y a una columna de ascuas que se pegaban contra el fuselaje como los mosquitos. Un monumental incendio de proporciones majestuosas. De tal proporciones que ningún otro chiflado se atrevió a batirse en duelo aéreo con él. Solo Tomás, en su pequeña golondrina Compostelana, una Jodel D 119-s. Y por supuesto, acompañado de su improvisado copiloto, Andrea.

     ¡Abuelo, abuelo,…!, ¿te acuerdas de cuando hemos caído en picado y han rozado las copas de los pinos las alas? Ha sido fabuloso, era como una montaña rusa.

     Niña, me estás poniendo nervioso. Intento olvidar todo eso. ¿Es qué no has tenido miedo?

     Claro que no, sabía que tú manejabas los mandos. Ni siquiera lo he sentido cuando hemos dejado de oír al señor que hablaba por la radio.

     ¡Por Dios!, no le cuentes todo eso a mi hija, a tu madre, o me voy a llevar un rapapolvo de esos que hacen época. —Refunfuñaba entre dientes, Tomás.

A lo lejos ya se podían intuir los primeros edificios que formaban la granja. Aún no eran figuras nítidas, lo que le daba un pequeño margen al avispado piloto de dibujar una coartada. Un plan para justificar cada una de las imprudencias cometidas.  La misión no le iba a resultar fácil con un papagayo como el que llevaba canturreando sin parar a su lado. Esa nieta, de cabellos alborotados, estaba adornada de muchas virtudes, pero nada que tuviese por bandera a la discreción. Disponía de un motor en la lengua, tan veloz que era capaz de superar los cincuentas nudos. Todo bien hilvanado. Con frases más propias de un erudito que de una mocosa de once años recién cumplidos.

     ¿A cuántos animales hemos liberado de la cerca?, abuelo. Yo he contado al menos a cuarenta. ¿Seguro que se salvarán, no? Yo creo que han huido hacia el noroeste. Seguro que buscaban el cortafuego.

     No lo sé, cariño. Todo ha sido muy rápido. Pero habrán sido más. De eso estoy casi seguro. –Respondió, pero como a cámara lenta el valeroso Tomás.

     Mira, abuelo. Ya no se ven las llamas en el bosque. Seguro que ya han apagado el incendio. No hay reflejos del fuego en las nubes. Eso es buena señal, ¿no? Seguro que cuando les has dicho la posición exacta han enviado hidroaviones para sofocarlo.

     Llevas toda la razón, no hay luz que provenga de esa zona tan boscosa. Y si siguiese activo se podría ver con la oscuridad del anochecer. Anda, enana, toma un pañuelo. Límpiate esos churretones de hollín que llevas pegados en las mejillas. Pareces un minero que acabase de salir de la cueva.

     Abu, abu,… Me puedes volver a contar cómo conseguiste el permiso de vuelo. Quiero recordarlo todo muy bien, para que cuando mañana vaya al cole se lo pueda repetir a todos mis amigos. No quiero que se me olvide nada. Sabes, abuelo. Mañana voy a ser la niña más importante de todas las clases. Todo el mundo querrá que le cuente nuestra hazaña.

     Hija, ¡a ver que chismes vas contando!, tienes una imaginación desbordante y me da pánico lo que pueda salir de esas neuronitas.

     Pues, qué va a ser, toda la verdad y nada más que la verdad. Que tú has salvado a un motón de personas. Nadie se ha atrevido a sobrevolar ese espeso humo y guiar a esas familias por el sendero que los alejaba del peligro.

 

 

En ese debate andaban los dos, nieta y abuelo, cuando desde el camino de entrada al establo los divisó Arancha, la madre e hija de esas dos sombras que charloteaban a lo lejos. No tardó mucho en llegar hasta la altura de ambos. Les abrazó con tal fuerza que no fueron capaces ni de pestañear, abrumados por tal arrebato de cariño desmedido. Entre apretón y apretón no paraba de enviarles señales de desagrado, como si fuese sabedora de todo lo sucedido y de la insensatez que les había hecho de consejera.

     ¿Cómo se le ocurre, padre? ¡Es qué has perdido la cabeza! —Preguntaba una y otra vez Arancha a la vez que toqueteaba por todas partes a Andrea, revisando si estaba herida o magullada—. ¡Vaya locura que has hecho!

     Buenas tardes, hija. Sí, estamos bien, gracias por preguntar. Siempre tan alarmista. — Balbuceo muy flojito el abuelo. Tan silencioso como fue capaz, para intentar no despertar más las críticas merecidas, pero intentando justificar lo ocurrido—.

     ¡Mamá!, no seas así. El abuelo es un héroe. Gracias a él hemos salvado a mucha gente y a un montón de animales que estaban atrapados por el incendio de la montaña. — De esa manera tan efusiva recriminaba a su madre Andrea, mientras que rodeaba el cuello de Tomás en gesto de admiración—. Ya, déjalo tranquilo. No ves que está muy cansado.

     Vaya par de dos. ¡Me tenéis harta! Siempre uno en defensa del otro. Pero los dos metidos en líos, a cual más grande. ¡Me tenéis harta!

 

Tomás, durante el pequeño paseo que les quedaba hasta la casa principal, intentó bajar el ritmo de las palabras que salían de la garganta Arancha. Con el único fin de que escuchase de primera mano lo sucedido. Una vez que los labios de su hija se quedaron unidos en la comisura y se hizo el silencio comenzó a relatar. No llevaba ni dos frases, cuando, desde medio metro más abajo de su cabeza, surgió una señal que le paró en seco.

     ¡Así no ha sido!, no sabes contar las aventuras. No vales para esto. Déjame que yo se lo cuente  a mamá. Tú siéntate en el sillón y yo explicaré todo como se debe. — De esa manera tomó las riendas de la locución Andrea, decidida a darle un toque épico a lo que el abuelo quería contar como una simple anécdota—. Tienes que darle más énfasis, para que suene a maravilloso e irrepetible.

Arancha se quedó con la boca abierta durante la exposición de acontecimientos. Se iban acumulando detalles y más detalles que convertían el chisme del abuelo en una simple nota de prensa, cuando, en realidad, se trataba de un titular y en los más importantes rotativos del mundo. —Lo que acababan de hacer era impresionante, tanto por la acción como por las consecuencias de sus actos—.

Arancha, una vez que Andrea había acabado de desmenuzar las correrías de su abuelo y ella, se fundió en un reproche adornado de besos y arrumacos. Con una amalgama de sentimientos sin definir. Todo aquello quedó perfectamente plasmado en la portada del periódico del cole el día siguiente., Andrea era la directora general, la reportera, la redactora,… Una multitarea a la altura de su potencial.

Aquella nota de prensa surco los siete continentes y fue difundida del uno al otro confín. En donde nuestra dicharachera, de metro y poco, se gustó en la redacción.

 

Titular: Tomás y su nieta, héroes desde el cielo. Te lo cuentan desde el aire.

En la tarde de ayer, diez de mayo de mil novecientos noventa y cinco, Tomás y Andrea, su nieta, han protagonizado una de las hazañas más arriesgadas de la historia de este pueblo y seguramente de la comarca.

Tomás, un piloto de aerolíneas internacionales jubilado, se encontraba en el hangar de su propiedad, realizando pequeños ajustes a su avioneta (una Compostelana de los años cincuenta) en compañía de su preciosa nieta. Cuando de pronto, por la radio se alertó de un conato de incendio en la ladera de La Braña de los Tejos (Cantabria, España). Los dos dirigieron sus miradas hacía la montaña, para percatarse de primera mano de la magnitud de lo que estaba sucediendo. Ellos, en ese instante, se dieron cuenta de que el humo crecía a un ritmo desorbitado, avivado por el viento, que en esos momentos merodeaba por la zona.

El abuelo de Andrea, Tomás, observó que las llamaradas estaban concentradas en una zona de senderismo muy transitada, en la que por la fecha que estaban, en pleno abril, tendría una gran afluencia. Con mucha premura se dirigió a poner combustible y en compañía de su nieta se pusieron en vuelo hacía el lugar que marcaba el humo. Cuando sobrevolaban la zona, se toparon de bruces con un incendio descontrolado. Una pequeña fogata había sido la causante de tal desaguisado. Lo que había empezado con una pequeña imprudencia en pleno bosque había tornado en un catástrofe.

Desde el aire, pudieron observar que varios grupos de turistas iban sin rumbo y asustados hacía un callejón sin salida. Abocados a quedar presos entre una pared de piedra y el fuego, que les comía terreno sin parar. Ni cortos ni perezosos, se lanzaron entre las humareda para advertirles del peligro que corrían, pasando sobres sus cabezas a riesgo de chocar contra las copas de los Tejos. Hacían gestos para dirigirles. Pero, al ver que aquello no obtenía el resultado deseado, se lanzaron a tomar tierra en una zona despejada y libre de matorrales.

Con la gran pericia del conductor amenizaron y pudieron mostrar la ruta ideal para alejarse del calor y humo sofocante que se acercaba. Tranquilizaron con su presencia a los excursionistas, y por lo que se ha sabido todos llegaron bien, ilesos. Una vez que estaban allí, aprovecharon para liberar a varias cientos de cabezas de ganado que pastaban en zonas acotadas para ese fin. Los animales, con ese instinto que poseen, se alejaron por sus propios medios de la zona.

Cuando nuestros dos valientes regresaron a la avioneta, las condiciones eran mucho más adversas que cuando había llegado. Tomás, tuvo que despegar entre una tela enmarañada de color negruzco y con tonos rojizos que provenían del abrasador torrente de fuego que les estaba rodeando. Tuvieron que levantar el morro de su aeronave jugándose la vida en cada una de las cabriolas que realizaron. Rozando en varias ocasiones los largos dedos del desastre.

Hoy, dos días después de tales circunstancias, ambos están sanos y salvos, al igual que las personas a las que rescataron. Toda una proeza generacional.

Firmado: Andrea

 

Una semana después…

Desde su cómodo sofá se les podía ver disfrutar de la lectura de uno de los noticiaros más reconocidos del mundo aeronáutico. En donde contaban con total detalle las desventuras de esos dos intrépidos viajeros.

     ¡Has visto, abuelo!, somos famosos.

     Sí, ya lo he leído. Pero sigo con las pantorrillas que no cesan de temblar.

     Vamos, abuelo. Arrópate, tú lo que tienes es frío.

 

 

JYDC (Sin palabras mudas)










martes, 1 de febrero de 2022

Inoculados bajo la piel


 

En ocasiones, me encanta abrir mi álbum de fotos familiar y volver a descubrir esos pequeños recuerdos que la mente olvida o deja, caprichosamente, acumulados en un rincón. Es como un cosquilleo que recorre mi columna vertebral, estimulando todos mis sentidos. Caras y escenas, curvadas y amarillentas por el paso de los años, que me traen grandes recuerdos de quien soy.

 

Son flases, con rostros de amigos, abuelos, tíos, primos, … personas que la vida tuvo a bien detener su reloj. Todos ellos, enmarcados en lugares en los que vivieron, terminan de remover algo dentro de mí.

 

Les brindo mi pequeño guiño.

 


Inoculados bajo la piel

 

Tienes un pedacito en ti

Un sello que te hace ser

brillos suyos al nacer

Raíces que te hacen crecer

 

 

Pinceladas de su actuar

sabiduría de su caminar

Los sientes dentro de ti

te ayudan a avanzar

 

 

Rasgos marcados en tu rostro

que fluyen por tu interior

Pasiones y sin sabores

vestigios que no se borrarán

 

 

Fotos en blanco y negro de tu pasado

que brillan con tonos actuales

Resplandecen en cada paso

son tus cimientos para soñar

 

Tu árbol prospera,

con ramas que se extienden

buscan el aire y el sol

para subir y ascender

 

No les dejes perder…

Sois el mismo pretérito

 idéntico futuro por recorrer…



JYDC (Sin palabras mudas)

lunes, 1 de noviembre de 2021

Pateras de Libertad




 

Sentados, con los pies encogidos, esperando la llegada de la ola

Preparando el primer golpe, decididos a no retirarnos

Cubiertos de arena y salitre, agarrados al compañero

Millas de agua dispuestas a abatirnos

 

Rostros derrocados, curtidos y quemados por el sol y el aire

Agotados de un viaje del que no recordamos el inicio

Caminos en los que pagamos con sangre y lágrimas

Aferrados a unos recuerdos en papel revelado

 

Frío, que caprichoso humedece los sueños

Tierra prometida que se pagó con vidas

Barcaza de plástico soportando peso en exceso

Surcando un mar que no nos quiere acompañar

 

Bajo presión por sobrevivir

Miedo de llegar y no poder vivir

Orillas extranjeras donde volver a comenzar

Nudos y amarras que desgarran la piel

 

Culpables de nacer sin derechos

Reos por lucir pigmentación oscura

Hacinados en guetos flotantes

Creyentes de religiones que nos olvidan

 

Esferas que rebotan de un gobierno a otro

Lanzados como problemas sin aspecto

Familias desligadas por un futuro

Costas llenas de peajes, flotando sin vida

 

Hambre y dolor en el alma por querer existir

Braceando sin saber nadar, océanos por cruzar

Faros en el horizonte que no desean guiarnos

Ojos rendidos al fondo para siempre

 

Bajo presión por sobrevivir

Miedo de llegar y no poder vivir

Orillas extranjeras donde volver a comenzar

Nudos y amarras que desgarran la piel

 

Piel de ébano alejada de nuestro hogar

Tráfico de carne, esclavitud  encubierta

Recibidos con miedo e incertidumbre

Oscuras formas de ayudar

 

Fe asustada en un rincón del puerto

Idioma que resuena a amenaza

Cruces rojas en forma de salvadores

Contando con los dedos a los que lo logramos

 

Puestos en fila, cual rebaño sin papeles

Olvidados a propósito en la otra orilla

Origen materno que no nos quiso

Rezando por tener otra patria que nos acoja

 

Bajo presión por sobrevivir

Miedo de llegar y no poder vivir

Orillas extranjeras donde volver a comenzar

Nudos y amarras que desgarran la piel

 

Vamos, una brazada más, ya llegamos

Aterrados y con los huesos entumecidos

Europa a la vista, destino incierto

Ruleta de hámster en la que girar

 

Cientos de caras desconocidas, teñidas como la mía

Estaciones de partida diferente, pero con mismo destino

Buscando recompensas a travesías desgarradoras

Destino alcanzado, esperando futuro…



JYDC (Sin palabras mudas)



 

"Yo solo quería ser una más"

"Yo solo quería ser una más" Pasó el tiempo y no me di cuenta Un año después… llega una canción que nace de lo más profundo Hace ...